Le pedí que se recostara sobre la cama de piedra con arena salada que, en un intento de servicial comodidad, había solicitado fuera sacudida para mi estancia en su cabaña.
Me habló por largos minutos sobre su íntima relación con el gato negro desnutrido que habíamos mirado horas antes recorrer el terreno donde había dos palmeras y otra cabaña, más grande.
Yo estaba cansada, fingía interesarme por lo que decía pero mis ojos me traicionaban haciendo movimientos autónomos, yo sentía que se me salían de las órbitas y escuchaba voces como entre sueños, repitiendo los cachitos de diálogo que había escuchado antes en la estación de tren.
Me levanté para pedirle, de nuevo, que se recostara.
Esta vez obedeció de inmediato.
Me senté sobre su torso y comencé a dibujarle una estrella alrededor del ombligo.
Yo sabía que la tinta era muy negra pero al final las cosas salieron bien, la estrella quedó muy presentable, muy con forma de una estrella, muy con actitud de picos y entonces arriba, en su pecho, escribí con letras rojas que la semilla que penetra los sueños suele ser lúbrica.
Me despedí de su cabaña con respeto y besé de él la frente morena y las manos ásperas que me habían acariciado el mentón una noche antes frente al mar negro y una lanchita de madera podrida.
De regreso a la estación de tren sentí la nostalgia rota, como lo ha sido siempre, las voces del ocaso me hablaban de un final, de una imposibilidad del retorno y yo, serena, les respondía que para eso estaban las semillas, para permanecer aunque se esté distante.
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