jueves, 13 de junio de 2013

Tregua


Un día los dolores se tiran a un piso de pétalos de flor, como queriendo ser suicidas -los muy idiotas- y ridículamente se lanzan para darte el último golpe en el vientre, que llora sus nudos de sangre, y te deja en medio del reposo torpe.

Un día la mente cambia de discurso por las noches, los dolores ya no se rompen ni la clavícula y tú los tienes que soportar, con su ternura imbécil, de dolores regenerados.

Ahora él te saluda y entre los holas una noticia alegre y un "¿puedo visitarte?" Y tus síes, tus "hice ponche anoche" y tu él, que viene tan nada en su avión que tampoco es de papel, ni de lumbre, ni de guerra interesante. Un avión como todos los aviones, que al despegar le provoca un movimiento de tripas similar al que sentías cuando se fue, pero que ahora ya no sientes porque se largaron los dolores, se volvieron inocuos y no te hicieron ni fuerte, ni violenta, ni feliz, te dejaron tonta en este supuesto sentirse plena. Uy, sí, cuánta razón tenía la psicoanalista...


Comienzas a mirarte desnuda y con los mismos ojos que lo amaron a él tratas de amarte con los cabellos cayéndose sin lograr siquiera cubrirte los pezones, qué golpe de desnudez, y qué difícil estrenar arrugas y el contorno y la silueta y pensar que un día tendrás estrías, y qué lindo, te repites para ocultar que lo podrido es lo que se lleva adentro. Te despiertas de noche y escuchas sonidos como golpes de metal, se te contraen los músculos en espasmos que no comprendes. Íncubos. Te paralizas y los recibes recordando entre reproches adormecidos que mañana entras temprano a la oficina, que la tesis, que las ojeras. Y él bajando del avión con su melena de otoño, con sus dedos de música, con su eterno no saber decir el cielo, con su pinche no saber qué pasa, qué prisa, cómo pesa que regrese cuando ya no te interesa nada más que dormir sin interrupciones.

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