Me fui de Cuba el día que izaron la bandera de Estados Unidos por la reapertura de la embajada gringa. En las tardes cuando hablaba con mis amigas allá sobre el espejismo que era en realidad el internet, sentadas sobre Vedado entendí que no podría explicarme nunca la imagen del Che sobre una calle donde resonaba la música de Madonna y las personas enterrábamos la cabeza dentro de los celulares y las tabletas. Qué sé yo, las cosas que tenemos cerca siempre las rechazamos, lo distinto es lo que nos atrae hasta que descubrimos que no podemos apropiarlo o bien, que podemos apropiarnos de ello.
La última mañana que estuve en la Isla, me fui en guagua de Marianao a plaza de la revolución, dejando, con la madrugada, calles con casas de cicatrices hermosas. R se recostó sobre mis piernas mientras mordía un pan y yo miraba Marianao y la parte de Cerros que no era donde Lu, sino más adentro del barrio que nos habían dicho era peligroso. No vi nunca un niño o una niña trajabando en la calle mientras estuve aquí, le dije, y el me respondió un categórico no, con una cara distinta a la que tenía cuando en la fábrica de arte cubano, algunas horas antes, me decía que era pintor y que podría hacer cualquier cosa y que iba a viajar. No lo viste y no lo verás nunca, me dijo con una cara diferente, y yo, aunque pienso cosas, no pienso decirlas porque hay un carrete de imágenes en mi cabeza que no logro asimilar de acuerdo a mi perspectiva de vida, tan acomodada en certezas y en discursos que me protegen del pánico que es existir en un lugar como México, donde antes de irme supe de nuevo, de feminicidios y asesinatos de periodistas. Dijo que no, seguro, y al despedirnos en la puerta de lo de Lu yo pensé en cómo iba a ser Cerros o Marianao cuando yo sea una señora y la embajada haya hecho lo que tenga que hacer ahí. Porque el bloqueo existe, ahora, existe ahora y yo no sé cómo van a cambiar las cosas. Todo cambia, pero los cambios acá son los que nos envolvieron en la realidad de un país desollado. Qué sé yo. Un par de días antes, en el teatro nacional, sentadas comiendo frutas después de una clase, hablábamos del cumpleaños de Fidel y yo sentía la esperanza diciéndome que está viva, pero al miedo lo sentía también. De alguna manera, cuando pienso en la tarde dulce de las playas del Este, cuando me sentí liviana y no hice otra cosa que reir con mis hermanas de viaje, que re-conocí en Cuba, me parece que después de todo hay cosas, palabras, sonidos, imágenes que no quiero asimilar desde esta cabeza adiestrada. No podría nunca explicar lo que vi, hay muchas cosas que no entiendo y que no sé si quiero entender.