jueves, 13 de junio de 2013

Tregua


Un día los dolores se tiran a un piso de pétalos de flor, como queriendo ser suicidas -los muy idiotas- y ridículamente se lanzan para darte el último golpe en el vientre, que llora sus nudos de sangre, y te deja en medio del reposo torpe.

Un día la mente cambia de discurso por las noches, los dolores ya no se rompen ni la clavícula y tú los tienes que soportar, con su ternura imbécil, de dolores regenerados.

Ahora él te saluda y entre los holas una noticia alegre y un "¿puedo visitarte?" Y tus síes, tus "hice ponche anoche" y tu él, que viene tan nada en su avión que tampoco es de papel, ni de lumbre, ni de guerra interesante. Un avión como todos los aviones, que al despegar le provoca un movimiento de tripas similar al que sentías cuando se fue, pero que ahora ya no sientes porque se largaron los dolores, se volvieron inocuos y no te hicieron ni fuerte, ni violenta, ni feliz, te dejaron tonta en este supuesto sentirse plena. Uy, sí, cuánta razón tenía la psicoanalista...


Comienzas a mirarte desnuda y con los mismos ojos que lo amaron a él tratas de amarte con los cabellos cayéndose sin lograr siquiera cubrirte los pezones, qué golpe de desnudez, y qué difícil estrenar arrugas y el contorno y la silueta y pensar que un día tendrás estrías, y qué lindo, te repites para ocultar que lo podrido es lo que se lleva adentro. Te despiertas de noche y escuchas sonidos como golpes de metal, se te contraen los músculos en espasmos que no comprendes. Íncubos. Te paralizas y los recibes recordando entre reproches adormecidos que mañana entras temprano a la oficina, que la tesis, que las ojeras. Y él bajando del avión con su melena de otoño, con sus dedos de música, con su eterno no saber decir el cielo, con su pinche no saber qué pasa, qué prisa, cómo pesa que regrese cuando ya no te interesa nada más que dormir sin interrupciones.

lunes, 20 de mayo de 2013

Esperma


Le pedí que se recostara sobre la cama de piedra con arena salada que, en un intento de servicial comodidad, había solicitado fuera sacudida para mi estancia en su cabaña. 

Me habló por largos minutos sobre su íntima relación con el gato negro desnutrido que habíamos mirado horas antes recorrer el terreno donde había dos palmeras y otra cabaña, más grande. 

Yo estaba cansada, fingía interesarme por lo que decía pero mis ojos me traicionaban haciendo movimientos autónomos, yo sentía que se me salían de las órbitas y escuchaba voces como entre sueños, repitiendo los cachitos de diálogo que había escuchado antes en la estación de tren.  

Me levanté para pedirle, de nuevo, que se recostara. 

Esta vez obedeció de inmediato. 

Me senté sobre su torso y comencé a dibujarle una estrella alrededor del ombligo. 

Yo sabía que la tinta era muy negra pero al final las cosas salieron bien, la estrella quedó muy presentable, muy con forma de una estrella, muy con actitud de picos y entonces arriba, en su pecho, escribí con letras rojas que la semilla que penetra los sueños suele ser lúbrica.

Me despedí de su cabaña con respeto y besé de él la frente morena y las manos ásperas que me habían acariciado el mentón una noche antes frente al mar negro y una lanchita de madera podrida.

De regreso a la estación de tren sentí la nostalgia rota, como lo ha sido siempre, las voces del ocaso me hablaban de un final, de una imposibilidad del retorno y yo, serena, les respondía que para eso estaban las semillas, para permanecer aunque se esté distante.

martes, 23 de abril de 2013

Escoba

No supo cómo recibir la idea de sus cabellos arrastrándose en la almohada negra con triangulitos ridículos, la de él, mientras la luz amarilla del cuarto de azotea susurraba que su nombre no debía escribirse sobre la carne salada de nadie. Él siempre nadie. Silencio brusco violento como tronido de tímpanos en medio de un reventón de ondas sonoras, felices. Él siempre nada, transubstanciando-sé el vacío. Volar es lo que hace falta cuando no sabes cómo recibir la idea de tus manos alcanzando el olvido ajeno, volar desde tus zapatitos de color óxido de rutinas, volar metiéndote entre los muslos la sonrisa de un gato sin frenos, volar sobre una escoba con mezcal en la mano, volar entre las letras de los muertos que siguen hablando de todo lo que implica la vida, volar rompiéndote en cristales que te hinchan los ojos y te llaman a la sed, al vacío que se quiebra y te retuerce las articulaciones atrás adelante atrás. Volar como bruja cuando no sabes cómo ser mujer.

sábado, 20 de abril de 2013

La pareja se mira


La cicloestación de la alameda está casi siempre llena, ahora sin embargo sí había un spot que pude utilizar. Cuando me bajé de la bici vi a una chica caerse porque no alcanzó a esquivar un adoquín que un minuto antes yo había esquivado por casualidad... Nos acercamos 4 personas, dos chicas y un chavo que andaban en bici y yo. De ella me llamaron la atención su pantalón rojo, su cara blanca y sus labios que eran del color del pantalón. Luego pensé en lo inútil de habernos acercado, no pudimos ayudarle en mucho. Caminé sin audífonos y pude cachar gotitas de diálogos ajenos a mí, doblé a la izquierda.

José Martí de pie bajo la noche le da asilo a la pareja que sostiene una bolita de estopa remojada en activo. Ella vestido blanco con diamantes exquisitamente simulados por el cristal cortado que devora los rayos de luz y ejerce su poder de dispersión. Cuando era adolescente me gustaba ponerme un puntito de brillantina en la última pestaña porque de noche miraba las ondas separadas por quién sabe qué material en mis sombra de ojos, y no era que me encantara cómo se veía el brillito de noche, sino que me gustaba cómo se veía la noche desde mis ojos con el brillito. Nunca necesité usar drogas para caminar y extasiarme de lo que se ve en las calles.

La pareja se mira y ella deja entrever dos grandes senos en el escote, inhala con los ojos cerrados y se le expande el pecho. Pienso en el amor. Cuando me enamoro me gusta respirar profundo y olerle las mejillas a la gente, llenarme de su presencia inútil. Se abrazan. Pienso que tal vez él es su padrote. Frente a mí dos prostitutas hablan de sus zapatos. Es de noche en el Martí y hay una brisa de tristeza recorriéndome la nuca. Todos los paisajes, todos los recuerdos, toda la añoranza del antes. Nunca me gustó ser la inocente, siempre quise conocer, y ahora me siento fastidiada. Pienso en todos los conocimientos que ella tendrá, lo aprendido en las calles.

¿Será su desilusión similar a la mía?

Seguramente tenemos puntos de encuentro, intersecciones, y también diferencias, por ejemplo, ella trabaja de noche y yo de día; ella tiene un hombre frente a sí y yo tengo una tristeza atorada en la nuca.