No supo cómo recibir la idea de sus cabellos arrastrándose en la
almohada negra con triangulitos ridículos, la de él, mientras la luz
amarilla del cuarto de azotea susurraba que su nombre no debía
escribirse sobre la carne salada de nadie. Él siempre nadie. Silencio
brusco violento como tronido de tímpanos en medio de un reventón de
ondas sonoras, felices. Él siempre nada, transubstanciando-sé el vacío. Volar es lo que hace
falta cuando no sabes cómo recibir la idea de tus manos alcanzando el
olvido ajeno, volar desde tus zapatitos de color óxido de rutinas,
volar metiéndote entre los muslos la sonrisa de un gato sin frenos,
volar sobre una escoba con mezcal en la mano, volar entre las letras de
los muertos que siguen hablando de todo lo que implica la vida, volar
rompiéndote en cristales que te hinchan los ojos y te llaman a la sed,
al vacío que se quiebra y te retuerce las articulaciones atrás adelante
atrás. Volar como bruja cuando no sabes cómo ser mujer.
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